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Perfume Mariano

“Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y si entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma. (Ef 5, 1-2)”.

Fundada para actuar en la sociedad de manera eficaz llevando un mensaje de esperanza y un ejemplo de santidad, la Sociedad Regina Virginum aspira a la plena realización del Reino de Dios, - Reino de María – según la expresión de San Luis Grignion de Montfort.

Es pues, en la acción misionera, en las actividades diarias, - muchas veces las menos vistosas -, en las oraciones, en las adoraciones al Santísimo Sacramento, en el silencio de la vida cotidiana, donde las hermanas realizan el ideal cristiano para el cual fueron llamadas.

Así como "Christianus, alter Christus”, una hija de María debe ser una representación viva de su Madre, llevando un poco de ese perfume Mariano a todos los lugares por donde vaya, conduciendo a todos al redil del Redentor: pues como enseña el fundador de Regina Virginum “jamás [debemos] olvidarnos de la esencia, de la fuerza y del objetivo de nuestro apostolado: conducir a todos a aproximarse a Jesús, para tocarlo, o, por lo menos verlo. Dios es el que hace crecer (I Cor 3,7). Será estéril todo apostolado que no lleve a los otros a tener un contacto con Jesús, pues solo de Él procede la virtud sanadora y salvadora. Por esa razón, nuestra labor apostólica será eficaz si llevamos hacia la vida sacramental a cuantos la Providencia ponga en nuestro camino. [...] y el mejor medio para eso es hacer todo a través de María Santísima” (“Heraldos del Evangelio”, n. 21, p. 8).

Ellas desean atender al apelo del Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, el cual, con profundidad decía enfáticamente: “Vivid plenamente vuestra dedicación a Dios, para que no le falte a este mundo un rayo de belleza divina que ilumine el camino de la existencia humana... el mundo y la Iglesia buscan auténticos testigos de Cristo… vosotros tenéis la tarea de invitar nuevamente a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a mirar hacia lo alto, a no dejarse sumergir por las cosas de cada día, sino a dejarse fascinar por Dios y por el Evangelio de su Hijo”, “pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo” (2Cor 2, 15).

Carisma

Nacida en la familia de los Heraldos del Evangelio, la Sociedad Regina Virginum conserva el mismo carisma, el cual está expresado en el sublime mandamiento de Jesucristo: “Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

Para realizar la unión entre la vida interior y la magnitud de la acción exterior, las hermanas de la Sociedad buscar imitar y quieren tomar como modelo de todos sus actos, como camino para seguir a Jesucristo (c. 662), la persona incomparable de María, la Virgen Inmaculada, Madre de Dios (Theotokos), Esposa del Espíritu Santo, que aceptó colocarse al servicio de Dios como esclava, con una total donación, y abrazó “el género de vida virginal y pobre que Cristo nuestro Señor escogió para Sí”.

Las hermanas de Regina Virginum se empeñan, de modo particular, en observar fiel e integralmente los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, y en ordenar su vida de acuerdo con las presentes Constituciones, esforzándose así para alcanzar la perfección de su estado (c. 598 § 2), dando ejemplo de “austeridad alegre y equilibrada ... soportando pacientemente las pruebas de la vida”, aceptando “La incógnita de la pobreza… atraídas por la simplicidad y por la humildad… decididas a la total abnegación, libres y al mismo tiempo obedientes, espontáneas y constantes, dulces y fuertes en la certeza de la Fe”.

Dada la importancia de la manifestación de la pulcritud según el carisma de la Sociedad, esta manifestación no puede estar disociada de la espiritualidad y de la vida interior de las hermanas. Siendo la belleza el esplendor de la verdad y de la bondad, también la virtud debe ser practicada y revestida del merecido esplendor, como igualmente, lo deben ser los principios doctrinarios y sus consecuentes desdoblamientos. Todo debe ser manifestado de modo atrayente, con la alegría de pertenecer a Cristo. Procurarán, pues, las hermanas realizar todos sus gestos, actitudes y acciones – los actos libres del ser humano – en una incansable procura de lo bello, reflejo de la Belleza increada de Dios.

Obediencia

Ante nuestros ojos admirados, tenemos la figura de la Virgen María obediente, la discípula fiel de Jesús, el Rey de la Gloria, que por amor a nosotros fue herido en todos sus derechos, privado de todas sus honras, saturado de ignominias, herido en aquello que Su Divino Corazón tiene de más sapiencialmente sensible, reducido a u reo, inferior a un esclavo. Este divino ejemplo de humildad y obediencia, y el deseo de seguir a María, que se declaró “esclava del Señor”, nos lleva a consagrarnos como esclavas de amor a Él, la Sabiduría Encarnada, por las manos de su Madre Santísima, según el método enseñado por San Luís María Grignion de Montfort, dando así “el testimonio de una vida totalmente entregada a Dios y a los hermanos, a imitación del Salvador que se hizo siervo, por amor al hombre”.
Para imitar más enteramente a la Madre de Dios obediente, y a su Hijo, el Rey del Universo y Señor del Mundo – el cual para obedecer al Padre Celestial llegó incluso hasta la muerte, y una muerte de cruz, aceptando en el temor y en el pavor el martirio Sacrosanto - , las hermanas de Regina Virginum asumen con alegría esa condición de esclavas, que es la más baja entre los hombre, y obedecen jubilosamente a todas las legítimas autoridades.

Las hermanas se someten al Santo Padre, Vicario de Jesucristo en la tierra, como su superior supremo. Actúan siempre en comunión con los obispos, a los cuales deben obedecer con piadosa sumisión y respeto, conforme el Derecho Canónico (cc. 678, 590).

Dentro de la Sociedad, las superioras establecidas por las Constituciones y Reglamentos sean acatadas con obediencia amorosa, en todo lo que se refiere a la vida interna y a la disciplina, de acuerdo con las Constituciones, y, a ejemplo de San Pablo, nadie hesite en “gastarse y desgastarse hasta el agotamiento” por el bien de las almas (2 Cor 12, 15), pues el Señor “impone a cada uno la obligación de «perder la propia vida» si quiere seguirlo”. Sepa cada una que, obedeciendo a las superioras, “colocando las fuerzas de la inteligencia y de la voluntad bien como los dones de la naturaleza y de la gracia en la ejecución de las órdenes y en el cumplimiento de los cargos que le fueren confiados… están colaborando en la edificación del Cuerpo de Cristo según el designio de Dios”

Pobreza evangélica

Contemplando la vida virginal y pobre abrazada por María, siguiendo el ejemplo de su Hijo Jesucristo – que “siendo rico se hizo pobre por nosotros, para que fuésemos ricos con su pobreza”, quiso nacer en un Pesebre entre un buey y una mula, y en la Pasión recibió como limosna el velo de la Verónica y el vinagre de los verdugos – las hermanas llevan una vida de pobreza por el Reino de los Cielos, usando los bienes de este mundo como siendo propiedad del Señor, sabiendo que eso las tornará dóciles para escuchar la voz de Dios en la vida ordinaria. Además, ante el “materialismo ávido de poseer” de nuestros días, se torna preciso “dar testimonio de Dios con la verdadera riqueza del corazón humano, contestando enérgicamente ala idolatría del dinero”.

Virginidad consagrada

El amor de María al don de la pureza virginal, patente en el episodio de la Anunciación, es el modelo de vida de celibato de las hermanas, que quieren conservar la castidad como gran tesoro, libres de toda preocupación, entregando su corazón al Señor sin dividirlo con otro (1 Cor. 7, 32-34), seguras de que jamás llegarán a ser la “mujer fuerte” “eternamente bendita” de la Escritura, sin la práctica de tan angélica virtud, como Judit, que fue elogiada por tener “alma viril y corazón fuerte”, precisamente por haber “amado la castidad”.

Oración y contemplación

Así como María “conservaba cuidadosamente todo en su corazón” (Lc 2, 51), las hermanas, nunca cesen de tener la mirada fija en Cristo, “alimentando en la oración una profunda comunión de sentimiento con Él”. Antes de enviar a sus apóstoles y discípulos, el Redentor los reunió en torno de Sí “para que estuviesen con Él” (Mc 3, 14), y durante su vida terrena dio numerosos testimonios de la importancia a la oración. Conserven, pues, las hermanas el espíritu de contemplación y el recogimiento interior incluso en las actividades apostólicas, y aspiren a “una existencia toda impregnada de Amor a Dios y a los hombres”.

Vida fraterna

La vida fraterna en común, que caracteriza a Regina Virginum, ayuda a las hermanas a conseguir la propia santificación y a alcanzar la finalidad de la Sociedad: “Adveniat regnum tuum!” Ella Ela nos consigue “los auxilios para una estabilidad más firme en el modo de vida, de una doctrina segura en orden a alcanzar la perfección, de una comunión fraterna en la milicia de Cristo, de una libertad robustecida por la obediencia, para así poder cumplir con seguridad y guardar fielmente la profesión religiosa y avanzar jubilosas en el camino de la caridad”.








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